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XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

+Mons. Rodrigo Aguilar Martinez

Diócesis de San Cristóbal de Las Casas

El Evangelio de san Lucas es el que más habla de la misericordia. La escena de este domingo, en Lucas 10,25-37, es uno de los ejemplos que son significativos.

Un doctor de la ley se acerca a Jesús para hacerle una pregunta importante, pero con la intención de ponerlo a prueba: “¿Qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”

Con aguda pedagogía, Jesús le responde con otra pregunta: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿qué lees en ella?”. De esta manera, el doctor de la ley, hábil cuestionador que pretende poner en aprietos a este novel maestro que no ha tenido escuela, es cuestionado acerca de su grado de conocimiento de la ley; no puede quedar como un ignorante, de modo que responde con prontitud: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús reconoce su respuesta precisa y completa; concluye, entonces, de manera contundente: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

Jesús ha hecho que el mismo doctor de la ley responda a su propia pregunta; pero el doctor de la ley, para justificarse y con el afán de lograr poner en apuro a Jesús, pregunta a su vez: “¿Y quién es mi prójimo?”. Lo que da motivo a Jesús para ofrecer la parábola del buen samaritano, iluminando no tanto acerca de quién es “mi” prójimo, sino quién se hace prójimo o próximo del que ha sido asaltado. Es precisamente un samaritano, un enemigo de los judíos, quien da muestra de actuar exquisitamente como prójimo, y con muchos detalles de compasión hacia el que ha sido asaltado: se acerca, unge las heridas con aceite y vino, las venda, lo pone sobre su cabalgadura, lo lleva al mesón, encarga que cuiden de él; cambia su horario de actividades, dedica tiempo, energía, dinero, con extrema solicitud. Todo esto a diferencia del sacerdote y el levita, quienes deberían haber sido el ejemplo, pero no ha sucedido así. De esta manera, Jesús responde a la pregunta inicial del doctor de la ley: ¿Quieres conseguir la vida eterna? Hazte prójimo o próximo a los necesitados para atenderlos con empeño.

Con esta parábola, Jesús está hablando de sí mismo. Efectivamente, como lo ha dicho en la sinagoga de Nazaret, ha venido a proclamar y vivir “el año de gracia”, con la buena noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos y cautivos, la salud a los enfermos. Como dice el Prefacio Común número 8: “Jesús, en su vida terrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.”

Siguiendo la parábola, reconozcamos con humildad cuántas veces hemos actuado como el sacerdote o el levita, que sólo miran y dan un rodeo, si acaso con una exclamación de lástima hacia quien ha sido maltratado de muchas maneras.

Aprendamos del samaritano; sobre todo aprendamos de Jesús, si queremos seguirlo como discípulos. Vayamos y hagamos lo mismo: Con los migrantes, los desplazados, los desempleados, los secuestrados, los malheridos. También requieren del aceite, el vino y las vendas de nuestra misericordia los pecadores arrepentidos, por muy graves que hayan sido sus pecados; por ejemplo, los corruptos, los secuestradores, los asesinos, o quienes sufren por el trauma del aborto. De nadie podemos decir: Esta persona no merece mi perdón, mi compasión, ya que Jesús no lo ha dicho ni lo ha hecho con nosotros. Muy al contrario, Jesús nos ha indicado amar al enemigo, orar por los que nos persiguen, alegrarnos y hacer fiesta por el pecador que se arrepiente.

Estos mandamientos, como lo dice Moisés en el Deuteronomio 30, 10-14, no son superiores a nuestras fuerzas ni están fuera de nuestro alcance. Si queremos ser fieles discípulos de Jesús, han de estar en nuestra boca y en nuestro corazón. Demos gracias a Jesús por las veces que hemos sido buenos samaritanos.

Somos enfermos y afligidos, hagamos nuestro el Salmo 68: “Escúchame, Señor, pues eres bueno y en tu ternura vuelve a mí tus ojos”. Para que luego, como buenos aprendices, seamos misioneros de misericordia.

Que nuestra mirada y nuestro corazón se dirijan a Jesús, como lo aclama san Pablo en la segunda lectura, de Colosenses 1,15-20; a fin de ser firmes discípulos y apasionados misioneros suyos: “Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz.” Efectivamente, en la cruz alcanzamos la plenitud de la misericordia. Celebrando en la Eucaristía el Misterio Pascual de Jesús, hagámoslo vida en nuestras acciones de misericordia.